La primera vez que alguien me habló de pensamiento creativo pensé que esa persona me quería engañar o que se había vuelto loco. La idea de que mis pensamientos eran los que creaban y recreaban mi vida me parecía el producto de la mente de alguien que había sido introducido en una peligrosa secta, o que estaba flipando después de haber consumido algún alucinógeno.
Visto con distancia, esta respuesta era normal considerando el sufrimiento que significaba para mí convivir conmigo mismo en la pesadilla de vida que había fabricado.
Pero claro, es imposible movilizar las fuerzas del cambio sin que esta idea, que el pensamiento es creativo, se introduzca en tu sistema de pensamiento  en menor o mayor medida. Así fue, día tras día ha ido teniendo más importancia en mi forma de percibir la vida, las relaciones, los acontecimientos, hasta convertirse en uno de las pocas certezas que tengo en el día a día. Con esto quiero decir que hoy la idea de que el pensamiento es creativo no es una filosofía, un pensamiento, una opción; es una realidad, el medio en el que vivo todos los días, a veces más consciente, a veces menos, pero siempre la referencia que busco cuando algo va mal, cuando me permito volver a sufrir, cuando la inconsciencia vuelve a asentarse en la casa que es mi mente.
Al principio de mi relación con este concepto, “el pensamiento es creativo”, me lancé desesperadamente a intentar cambiar la realidad que se rodeaba, pensando que por fin había llegado la oportunidad para conseguir todo aquello que me había negado a mí mismo, siempre con la tentación de acusar a la vida de haber sido ella la que me lo había negado, y que me impedía ser feliz. Este era el concepto de responsabilidad que por entonces tenía. Quería un mejor trabajo, tener más dinero, mejores relaciones, un cuerpo nuevo más atractivo, una relación de pareja, o al menos unas relaciones sexuales fantásticas, plenas, maravillosas.
Una falsedad, pasar de un error, que soy una víctima del mundo que veo, a otro, que el universo está ahí fuera para plegarse a los juicios de mi ego, que dictamina qué cuerpo es el mejor, qué relación es la más satisfactoria, que sexo el más genial y maravilloso. Es decir, que juzga mi estado actual como imperfecto, insatisfactorio, inadecuado, miserable. Un asquito, vamos.
Lo externo no existe. Sólo existes tú y tus extensiones.
Así pues, una vez aprendida la nueva lección con su buena dosis de sufrimiento, pasé a una nueva forma de trabajar con “pensamiento creativo”. Cambiar lo interno para cambiar lo externo. No voy a pedirle al mundo lo que me de lo que creo que merezco, voy a cambiar ese pensamiento que hay en mí que hace que todo eso que creo merecer no aparezca en mi vida.
Es decir, hay algo malo en mí que hace que yo no sea como debería ser. Debería ser inocente, próspero, saludable, y, además, inmortal. Vamos a ir en la búsqueda de todos esos patrones de pensamiento erróneos y negativos para transformarlos en positivos y acertados.
Y puedes conseguir sentirte temporalmente un poco mejor, pero no es la sanación auténtica que uno anda buscando, sentirse satisfecho, pleno, completo, en paz. Hay cosas que vuelven a surgir una y otra vez, que aparentemente no tienen solución, patrones que acontecen, que son molestos, más aún si miras hacia atrás y ves todo el trabajo desplegado para solucionar el problema, sin haberlo conseguido con esos hábitos más profundos.
Por último, es posible que un día se encienda la luz, que de repente veas dónde está el error. Hoy creo que el error es pensar que hay algo malo e imperfecto en mí que hay que cambiar. Que soy un producto mejorable. Es una falacia, es la mentira sobre la que se asienta todo malestar en mí, que vuelve una y otra vez en cuanto me descuido, el único pensamiento sobre el que he escogido estar de guardia permanente, y que sé que está reapareciendo en cuento siento que dejo de estar en paz.
El malestar, el conflicto, es el error de percepción, que se asienta sobre la idea de que no eres perfecto, que te falta algo. Esta creencia es lo único que se debe cambiar y sobre la que hay que permanecer en guardia. Tú eres perfecta, perfecto, tal y como eres. Nada puedes hacer para mejorar lo que ya es perfecto, siempre has sido, y siempre será así. Aparta las dudas que tengas sobre esta idea, y aparecerá con toda su claridad.
Y cuando cese el conflicto y estés en paz, podrás acercarte a sentir la auténtica naturaleza del pensamiento creativo. No es algo que tengas, es algo que eres, que te atraviesa, y se extiende en todas las direcciones en perfecta armonía en todos los sucesos y relaciones que han acontecido y acontecen en tu vida, presente, perfecto, equilibrado, en paz.
Manuel Sánchez
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