Nuestra historia comienza mucho antes de lo que recordamos. Mucho antes de ese momento que habitualmente convertimos año tras año en motivo de celebración y que es la fiesta de cumpleaños.

Antes del nacimiento ya hay una historia. La historia de una mujer que va a tener un hijo. La historia de un hombre que cocreó a ese ser. Una historia de pensamientos, juicios, temores, memorias familiares, experiencias pasadas, expectativas,…, que ya van dando información a ese nuevo ser. Experiencias emocionales en forma de hormonas en las que se ve inmerso mientras su cuerpo crece. Primeras conclusiones sobre el lugar que va a ocupar en la vida, sobre su valía dependiendo de la importancia que sus progenitores le dan. Toda una historia que va a influir sobre su desarrollo y sobre sus necesidades físicas y emocionales.

El nacimiento tiene un gran impacto sobre la vida de ese ser. Durante tus primeros meses has vivido en un mundo acuático, con un espacio delimitado, con unas sensaciones físicas y corporales muy determinadas por la vida en el útero materno; y de repente te ves empujado, atornillado, estrujado, expulsado de este paraíso para ser recibido en un mundo completamente diferente al que te habías acostumbrado a vivir. La presencia del miedo es habitual. Pasas frío, tus sentidos se ven abrumados por la experiencia. Es posible que el entorno se haya preparado para recibirte de forma adecuada. Que tu madre te reciba con los brazos abiertos. Que puedas reposar sobre su vientre, sobre lo que ha sido tu hogar en estos nueve meses de creación. Que puedas adaptarte progresivamente a tu nuevo órgano de alimentación y de conexión con lo externo, tus pulmones. Pero no es lo habitual. Lo más probable es que en tu nacimiento haya habido injerencias externas que han hecho que la experiencia haya sido desagradable: drogas, manipulación, cortes, emergencia, luz intensa, ruido, olores desagradables, separación de la madre,…, por último forzar a los pulmones a respirar de forma abrupta sin que todavía estén preparados.

Este proceso tiene un impacto fundamental a la hora de formar la manera en que nos comportamos, nos relacionamos, los hábitos de pensamiento y de emoción que se activan en determinadas situaciones; y que hace que la vida se convierta, en ocasiones, en una huída de lo que creemos va a ser desagradable, aunque esa creencia no es más que la expectativa de que se vaya a repetir una experiencia muy antigua, que pensamos que está ahí fuera, al acecho, para atraparnos cuando menos lo esperamos.

La experiencia del nacimiento, las conclusiones que hemos sacado de ella, determinan la forma en que nos sentimos delante de los sucesos de la vida cotidiana, y finalmente en la forma en que creamos esa misma cotidianeidad. Si estás lo suficientemente atento y has puesto tu intención en hacerte consciente de cómo fue tu historia de nacimiento, lo puedes observar en las pequeñas cosas que suceden día a día.

Un ejemplo: la parada de autobús.

Un autobús está en la parada. Una mujer llega corriendo, pasando el semáforo en rojo, jugándose la integridad física entre los vehículos en marcha, justo cuando llega, le cierran las puertas casi en las narices. En lugar de llamar la atención del conductor por si puede abrirle, se queja delante de las puertas cerradas, y, resignada, viene al andén a esperar el siguiente autobús. Va comentando con el vecino de al lado que siempre la pasa lo mismo, que le cierran las puertas, que después no se las abren, que ya está bien,…

El autobús sale, pero justo inmediatamente después tiene  un semáforo que se pone en rojo. Llega más gente corriendo, que el conductor ve. Les abre las puertas y la gente, agradecida, entra. La mujer que encontró cerrado su paso con anterioridad está tan ocupada en quejarse que no se da cuenta de la jugada, hasta que alguien le advierte que han vuelto a abrir las puertas del autobús. Rápidamente va para allá, pero, demasiado tarde, le han vuelto a cerrar las puertas en las narices. Se enfada, se indigna, y esta vez sí, golpea la puerta del autobús, pero ya no con intención de llamar la atención del conductor, esta vez  aporrea con rabia contra aquello que le impide el acceso, la puerta. El conductor, ya cansado del abre-cierra, se siente atacado, la envía a paseo, y arranca rápidamente en cuanto el semáforo se pone en verde.

La mujer vuelve muy enfadada su lugar, repitiendo con furia: “siempre pasa igual”. Y se pone a comentar la de veces que le ha pasado esto con el autobús.

Si le hiciésemos poner conciencia, podría observar como este patrón se repite en otros aspectos de su vida, con otro escenario, con otros personajes, con otras palabras, pero esencialmente la misma experiencia. Le cerrarán el paso una y otra vez después de haberse esforzado para llegar en el momento oportuno. Y se encontrará la puerta cerrada, observando cómo se le abre a otros que han llegado después de ella, menos preparados, con menos esfuerzos. Quizás le ocurra así cuando esté preparada para iniciar una nueva relación, presentarse a un nuevo puesto de trabajo,… para cualquier oportunidad que le brinde la vida, ella se esforzará pero la puerta no estará abierta para ella, mientras que otros que tiene al lado obtendrán con más facilidad aquello por lo que ella tanto se ha esforzado sin que de nada sirva el esfuerzo extra que haga para superar este patrón, cada vez más enfadada con el mundo que en apariencia no le da, cada vez más victimizada observando cómo los demás obtienen con facilidad lo que tanto le cuesta a ella.

Aunque sea apresurado aventurar qué aspecto de su guión natal aparece en este suceso sin conocer más a la persona y a las formas en que puede que en su vida se manifieste este patrón de comportamiento, podemos jugar a aventurar una posible experiencia.

Es posible que esta mujer, cuando era un bebé en el útero materno, estuviese ya totalmente preparada para nacer cuando algo interrumpió ese proceso. Algo que no fue su decisión, que hiciese que la retuvieran en el canal mismo del parto para dar prioridad a alguna otra cosa que sucediera a su alrededor. Pudiera ser que cuando ya estaba todo preparado en casa, o en el hospital, el obstetra, o la persona encargada de supervisar el parto, decidiera retenerla un poco para atender un caso más urgente que se presentase en ese momento.

Todo el entusiasmo, toda la energía que en ese momento estaba destinada al proceso de nacer, de experimentar la vida externa al útero, de vivir qué puede esperar del amor de los demás, de cómo va a ser valorada, impregnada de la conclusión de que son más importantes los que llegan después. Se le niega a ella la facilidad de llegar a tiempo y bien para acoger a otro que llega a destiempo y mal.

Ese momento, el momento de nacer, deja de ser fácil y amoroso para convertirse en difícil y lleno de enfado con los que me impiden el paso, y resignación cuando me lo niegan. En ese mismo instante se instaura un profundo hábito que va a influir en la manera en que se relaciona consigo misma y con los demás a lo largo de su vida.

Es fundamental conocer la forma en que transcurren los primeros meses de vida, fundamentalmente el nacimiento, la experiencia más intensa que con toda seguridad una persona va a tener hasta el instante de su muerte, si quiere conocer las raíces de muchos de los comportamientos, emociones, pensamientos, conclusiones y cosas que pasan en tu vida una y otra vez y que aparentemente no tienen explicación.

No hay autoconocimiento si no conocemos nuestro guión natal. Trabajar con él es el sendero que te llevará a vivir la vida conscientemente, con mayor facilidad, en paz.

 

Manuel

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